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Progreso, pero ¿cuál?

Como es sabido, son muchos los problemas de todo tipo que gravitan en la actualidad sobre la sociedad española.

Sus manifestaciones concretas son fácilmente perceptibles. Al margen y más allá del cúmulo de mentiras con el que nos han bombardeado en los recientes procesos electorales  y al margen de las frustraciones que su resultado haya podido producir en algunos, pienso que lo único cierto en lo que se debe insistir quizás radique en el diagnóstico general: nuestra sociedad está enferma, pero que muy enferma. Si esto es así –y parece que lo es-, ¿Acaso la solución definitiva radicaría en un gobierno alternativo de cambio y progreso?

Como, desde la óptica en que quiero situarme (simple cristiano comprometido), entiendo que el anterior diagnóstico es efectivamente cierto, que las fuerzas que priman en nuestra sociedad tienen muy poco que ver con el espíritu evangélico y con la fe que deseo que rija mi vida, lo sensato y realista me parece no depositar la esperanza en los cambios que ofrezca fuerza política alguna. Ya se sabe lo que dan de sí. Pensar lo contrario, me parece una imperdonable ingenuidad.

En ese marco general, creo que cada cual  -sobre todo, quienes se sientan cristianos- debería preguntarse con radicalidad si está en condiciones reales de afrontar y aportar algo positivo a la solución de esos problemas que denuncia, que, efectivamente, le interpelan, que es urgente atajarlos a tiempo y que, con el testimonio de vida de los que nos decimos cristianos, podemos, de alguna forma, equilibrar y neutralizar. A esto estamos llamados. Esto es evangelizar. Personalmente y desde la óptica cristiana, no estoy muy seguro de que sea posible una respuesta positiva. El cristiano, el fiel, no se distingue, en la actualidad y hablando en general, por vivir en coherencia con la fe que dice profesar.

Es más, me parece muy claro, que, en cualquier caso,  los cristianos nos equivocaremos de medio a medio si no somos capaces de poner en crisis el falso Dios del progreso, que, desde hace ya mucho tiempo, han venido prometiendo las fuerzas llamadas de izquierda y  que, en la actualidad, está moribundo (Alberto Buela) o, al menos, es ‘un mito derrumbado’ (Umberto Eco). No se entiende muy bien la orientación a favor de ciertas fuerzas políticas porque, supuestamente, encarnan el progreso social.

¿Se está seguro de que efectivamente es así?  No se entiende que, a estas alturas del  desarrollo cultural, se prescinda o no se valoren críticamente las aportaciones de tantos intelectuales como han subrayado, a lo largo del tiempo, que no existe verdadero progreso humano sin dimensión ética. Cuando uno se toma la molestia de releer, entre otros,  a Galbraith, Reismann, Fanon, Marcuse, Spengler, Ortega, Huxley, Umberto Eco, Vargas Llosa, Magris,  Bloom, Marina, Racionero, García de Cortazar, Gomá, Johnson, Benedicto XVI y el papa Francisco, pone en entredicho la falsedad que ha contaminado el pensamiento moderno. ¿Por qué tanto opinante cristiano sobre  la realidad social y política española está tan seguro de que la oferta de la izquierda política y mediática es poco menos que la realización de la doctrina evangélica?

Como recordó en su día el autor del Manifiesto contra el progreso (Agustín López Tobajas), el verdadero problema de cuanto nos sucede quizás radique en la pérdida de la conciencia respecto de los arquetipos que hemos venido adorando –también los cristianos- y que, consciente o inconscientemente, nos han conducido al actual estado de cosas. Desde esta perspectiva, es muy posible que estemos ante “una continuada decadencia”,  ante “un hundimiento progresivo”, ante una bajada hacia el precipicio.

En efecto, el progreso mismo y el lado oscuro que ha generado (los famosos anversos obscenos de los que nos habla Slavoj Zizek) ni han surgido por generación espontánea ni son el fruto maduro de ciertas actitudes humanas de reciente creación. Al contrario, vienen, como cualquier otro fenómeno social, desde muy atrás. Probablemente  -sin no antes- desde que el hombre se sintió el centro del universo y proclamó los derechos absolutos de la Diosa razón.

Quizás, ante las distintas caras del indudable progreso logrado en aspectos materiales y técnicos -que es necesario reconocer- con la aportación de tantos y de tantas fuerzas políticas de derechas y de izquierdas, pueda ser útil para un seguidor de Jesús pensar en las siguientes reflexiones: “Quiero decir, más bien, que la obsesión por el desarrollo económico genera, junto con otras circunstancias, el olvido de lo esencial, y eso acarrea ‘perversión’, pero no sólo en un sentido moral sino, más bien, metafísico; perversión como voluntad de quebrantamiento de las leyes que regulan la relación del ser humano con el cosmos y con el Espíritu. La ‘estupidez’ a que me refiero en el Manifiesto es básicamente el olvido por parte del ser humano de lo esencial de sí mismo, de su origen y su destino.

De esas actitudes mentales básicas nacen, en última instancia, todas las miserias que aquejan a los hombres” (López Tobajas). ¡No le falta razón!

Parece evidente, en efecto, que el ser humano hubiera enloquecido con el progreso tan trabajosamente logrado  hasta ahora. Parece evidente que  el cristiano  también se ha dejado anestesiar  por algunos de estos logros indudables. Pero, a mi entender, semejante locura no nos puede llevar  a   mirar para otro lado ante las lacras sociales que genera y, sobre todo, a rehuir el por qué y el cómo de tanto anverso obsceno.

¿Será que nos aterra contemplarnos como protagonistas activos de tanto  presunto y falso ‘progreso’? ¿Será que nos negamos a extraer la sabiduría debida, que encierra? Probablemente haya un poco de todo.

Pero, a mi entender, parece evidente que el cristiano no ha de abrazarse acríticamente a fuerza política alguna, del signo que sea. Tampoco, por supuesto, a las de la derecha.

En este orden de cosas –valorar críticamente la idea misma de progreso-  y  más allá de lo mucho que se ha logrado, siguen en el aire y sin respuesta algunas otras preguntas radicales, que el cristiano comprometido no debe dejar de lado. Como ha puesto de relieve Vargas Llosa –por aludir a otra dimensión esencial para el ser humano y para el cristiano en particular-, no es tan claro que la “… libertad conquistada en distintos órdenes se haya traducido en una mejora sensible de la calidad de vida, en un enriquecimiento de la cultura que llega a todo el mundo, o, por lo menos, a la gran mayoría”. Pero, sobre todo, al decir de Harold  Bloom, el progreso –que tanto celebramos- nos ha podido proporcionar una tecnología tras otra, “… pero cada vez menos conocimiento de nosotros mismos”.

Quizás la primera gran lección a extraer del inmenso gatuperio, que han protagonizado recientemente las llamadas fuerzas del cambio y progresistas, consista  -mal que les pese a tantos-  en dudar del repetido mantra que exhiben: cambio y progreso.

Actualizado: 14 de marzo de 2022

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