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Corea la Guarra

A saber, existen tres Guayanas: la Guayana Francesa, la Guayana a secas y Surinam, la antigua Guayana Holandesa. También existen tres Guineas: Ecuatorial  —la que era española—, Conakry y Bissau. Incluso, si me apuran, tenemos una cuarta, Papua Nueva Guinea. Tuvimos dos Alemanias, la RFA y la RDA, o la normal y la chunga, la del orbe soviético. Y aún mantenemos dos Coreas, la del sur y la del norte, esta segunda la del zampabollos Kim Jong Un, el hijoputa que es el único gordo de un país que se muere de hambre. Pero no se olviden, existe una tercera corea, sí, y la tenernos en Palma. Hoy voy a hablar de ese minúsculo país llamado Corea la Guarra.

Corea la Guarra es un estado dentro de una ciudad, una barriada marginal surgida en los años del franquismo para acomodar a familias humildes. Se construyeron edificios pequeñitos, todos iguales, se hicieron algunas calles y viales comunitarios. Incluso les pusieron esas plaquitas metálicas del Ministerio de Vivienda con su yugo y sus flechas. Todo muy falangista, muy para los pobres. Y seguro que en su momento lo agradecieron. La barriada que se conoce como Corea debía ser un asentamiento provisional, nadie imaginó que los edificios duraran tantos años. Antes se construía como Dios manda. Hasta las cosas baratas se hacían de puta madre, no como los teléfonos móviles de hoy, que si te duran dos años te ha tocado la lotería porque se vuelven gilipollas y dejan de funcionar para que te compres otro más caro por mucha manzana mordida que lleven. No rulan ni aunque aparezca el espíritu santo de Steve Jobs.

El resto de la historia ya la conocen. Quien pudo se marchó de Corea, llegaron no siempre buenas gentes y el barrio se fue degradando hasta ser lo que es hoy, un estado marginal dentro de la ciudad. La acción política no ha podido o sabido solucionar el problema. No ha habido alcalde que no presentara su plan para la zona y no ha habido alcalde que no acabara fracasando. No los juzgaré por ello: el barrio es pequeño, mas el problema es mayúsculo. El ayuntamiento tiene una responsabilidad, pero en su descargo debo exponer la dura y sucia realidad, la que todo el mundo sabe y calla por miedo a que le llamen nazi. Me pueden tildar de nazi, me da igual, aunque debo ser un nazi ful porque tengo una amiga judía, quise adoptar un niño negro, mi abuelo era comunista  y no me gusta pasearme de noche con una antorcha en la mano cantando Horst Wessel Lied.

Estos días el estado de Corea la Guarra vuelve a ser noticia porque en sus calles se ha llevado a cabo una operación contra el narcotráfico. Hace unos meses se retiraron del barrio cerca de ochenta vehículos que carecían de la documentación reglamentaria. Tiren de hemeroteca y no encontrarán ni una buena noticia. Sería muy fácil caer en el lugar común de que todo es responsabilidad de los políticos, que la sociedad es la culpable por permitir un gueto marginal en una de las diez ciudades más grandes de España y bla, bla, bla. Tengo un amigo tan inteligente como bruto que vive cerca de Corea y que dice que la pregunta no es si demolemos los edificios, sino si los dinamitamos con sus moradores dentro o los dejamos salir. Es un poco bestia, cierto. La reflexión entre lo negro y lo irónico muestra la realidad. Conozco bien la zona, paso por allí dos veces al día, andando, no en coche. En plan Un, dos, tres les enumero algo de lo que allí nos encontramos y no hace falta que me abonen veinticinco pesetas por respuesta:

Vejetes guarros: son hombrecillos jubilados de esos de pechera de pantalón amarillenta de orín, chalequillo de lana y gorra de pana. Invariablemente pasean chuchos de raza indeterminada, feos y malolientes, que cagan en la acera. Hace unos días en la esquina del colegio San José de la Montaña y el mercado del Camp Redó, a la hora de salida, con la acera llena de críos y mamás, aparece un pureta, se para en medio de la gente, va el perro y suelta una plasta. Y se queda tan ancho. Corea y aledaños son un campo de minas perrunas. La otra gran ocupación de los vejetes suele ser escupir. He visto gapos de tal consistencia y colorido que parecían una sepia descongelada, mucosa en el centro y con agüilla por los bordes.

Camarones de pacotilla: suelen ser jovenzuelos descamisados que gritan a todas horas, dan palmas y se creen ser la reencarnación de Camarón de la Isla. A ninguno de ellos se le conoce oficio o beneficio. Tampoco la ducha parece conocerlos.

Mujeres en pijama: generalmente con sobrepeso, se pasean a cualquier hora del día en pijama y batín, calzan chanclas de tela de toalla. Una vez me tocó una delante en la cola del super y olía a chocho de oveja viejuna, por Dios, qué asfixia, casi me muero. He olido cosas chungas, pero aquello era demasiado hasta para un sepulturero. ¡Qué pestazo a fosa común! Incluso hay jovenzuelas más o menos monas que se ve que cuando se han casado cambian el fondo de armario, tiran los trapitos del Zara y se pasan al pijama lleno de mugre y a los pelajos grasientos. A todas se les caen pañuelos de papel en el suelo y no se inmutan, o tosen y les salen disparados los mocos de la nariz.

Niños a los que les darías una hostia bien dada con la mano abierta: son mocosetes que corretean o van en bicicleta semidesnudos aunque hiele en pleno invierno. No tienen ni una idea buena: desparraman por el suelo las botellas del contenedor de reciclaje de vidrio, se suben a los coches aparcados, se meten en todos los fregaos... Son como pokémons que evolucionan a los ya citados camarones de pacotilla.

Seres protohumanos: no sé por qué coño los investigadores internacionales buscan al yeti en el Himalaya cuando todos los palmesanos sabemos que vive en Corea la Guarra. Son homínidos que desconocen el jabón, que emiten sonidos guturales en algo que debe de ser su idioma, que aparcan el coche en medio de la calle aunque haya una veintena de sitios libres, y que se reúnen en bares en los que no entraría ni Quentin Tarantino pasado de mescalina.

Los especímenes tipo enumerados constituyen un material impagable digno del más sesudo estudio antropológico. A todos les une su pasión por ensuciar. Ser operario de EMAYA en Corea la Guarra es más duro que desembarcar en las playas de Normandía. Los veo por la mañana afanarse en adecentar el erial en que cada noche se convierte la plaza de la calle Colliure frente al Mercadona. Vayan un día a las ocho de la mañana y verán lo que es una verdadera mierda en toda la extensión de la palabra. Es como si los vecinos se organizaran en escuadrones nocturnos para tirar bolsas de basura en la acera, reventar los contenedores, mear en el parque infantil, sembrar el suelo de latas vacías de cerveza... He visto mierda que soy incapaz de identificar. El parque de detrás del colegio no es mucho mejor. Es de esos sitios en los que se congregan exyonquis y borrachuzos y que aunque te llevaran con los ojos vendados reconocerías porque la pituitaria estalla en una mezcolanza de olores que van del orín al tabaco barato pasando por el vino de cartón y la pota.

Se lo aseguro, Corea la Guarra da asco, es uno de los lugares más hediondos que he visto en mi vida. Y eso no es responsabilidad del Ayuntamiento ni de EMAYA, eso es culpa de parte de los vecinos —muchos o pocos, no lo sé, pero desde luego no una parte menor— que son unos verdaderos cerdos. No me explico como es posible ensuciar tanto. No me vengan con la monserga de la marginalidad.... Ser pobre no significa ser un cochino.

A las cosas hay que llamarlas por su nombre, a las personas juzgarlas no por lo que son sino por lo que hacen, y a los problemas hay que tratarlos sin eufemismos. Los vecinos «normales» de Corea y la zona del Camp Redó no tienen por qué aguantar el comportamiento incívico de aquellos que supuran mierda en cada uno de sus gestos. Ya está bien. Ellos son el problema, no el estado de los edificios. No disfracemos de arquitectura lo que es una cuestión de personas, aunque a veces no lo parezcan. Son parias porque quieren, por opción propia. Mejor o peor tienen casa, posibilidad de ir a la escuela y televisión para saber cómo funcionan las cosas. Si son gentuza es porque ellos solitos lo han elegido.

Corea la Guarra, insisto, no es un problema urbanístico. Hay que meterle mano a la educación, al civismo, a la integración. Y ojo, una vez hecho todo lo posible —para lo que aún queda— deberemos asumir que tal vez haya quien quiera seguir siendo chusma. Son ciudadanos libres y pueden hacer lo que quieran, pero no nos pidan al resto que los aguantemos.

Si algún lector no me cree, antes de llamarme nazi, que se dé un par de paseos por la zona. Alguien tenía que decirlo.

Actualizado: 14 de marzo de 2022 , , , ,

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