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El todo es lo importante

Es frecuente, en la mayoría de los casos de problemas en familia, que las cosas se vean desde una perspectiva que gira en torno a las vivencias que sus protagonistas  experimentan en cuanto sujetos individuales. Pueden llegar una situación límite en la que únicamente se ve que las cosas no marchan  -negativismo-, en que todo se contempla desde el propio sufrimiento, en que, a la postre, el otro es el gran responsable de la grave situación familiar y, en consecuencia, es el otro quien debiera cambiar. Sin embargo, el incomodo, el malestar y el sufrimiento se residencian, en mi opinión, en el ámbito de la relación de pareja. No siempre es fácil distinguir esta división  -lo individual y lo relacional-, su íntima comunicación y reciprocidad. Pero, es indispensable.

La experiencia me dice que el relato de la convivencia suele centrarse en una creencia muy extendida, consistente en considerar que uno de los miembros de la pareja es el causante de los conflictos de ésta. En este marco, es  también habitual que muchos crean que si resolvemos los problemas en forma individual (los problemas que esa persona que ha acudido a la consulta experimenta y sufre en cuanto individuo) habremos resuelto las cuestiones conflictivas de carácter relacional. Lo cual -digámoslo con claridad- no puede (salvo supuestos muy excepcionales) estar más lejos de la realidad y, por tanto, de la solución. En el fondo, ello puede ser revelador de la falta  -ya inicialmente- de un proyecto de vida en común, esto es, de un nosotros. Es muy posible que la pareja nunca  -auto complacida en la inicial y temporal satisfacción personal- haya trabajado en serio en la construcción, en la maduración, en la consolidación de la relación. No se ha enterado de lo que llevaba entre manos. Por eso, sólo ha reaccionado cuando alguno de sus protagonistas o los dos ya no puede asumir o dar salida al propio sufrimiento emocional, cuando no pueden resistir más.

A este respecto, viene a mi memoria un principio de acción, muy querido al papa Francisco y que puede aplicarse también a estas situaciones. Nos dijo en la Evangelii  Gaudium, n. 235, que “el todo es más que la parte, y también es más que la mera suma de ellas”. En efecto, como ha dicho Campusano Seguel, “para que se pueda resolver o al menos comprender qué le pasa o cuál es el o los problemas de una relación de pareja no se puede sino mirar, comprender, conversar con la relación, con ambos a la vez, como una unidad, más allá de la comprensión de cada uno en particular, aunque es también necesaria; en suma, el todo, como ya sabemos es mucho más que la suma de las partes”.

Este esencial criterio para valorar una relación interpersonal (una relación conyugal o de mera convivencia de hecho) no es fácil de compartir. Rara vez me he encontrado con protagonistas de una relación de convivencia que pusieran el acento en las dificultades encontradas en la relación. Siempre dan vueltas a lo mismo: a una visión doliente, por cierto, de sí mismo, víctima de los errores y egoísmos del otro. No hay quien los saque (los libere) de ese pozo individualista.

Si ambos pudiesen pensar (o pensasen) en el todo (en la relación), podrían caer en la cuenta que se han despreocupado bastante de la misma. Se han limitado a disfrutar del momento. No se han planteado, en ningún momento, que la relación que mantenían era algo así como una planta, que era necesario cuidar, abonar, regar y, a veces, hasta podar. Lo cual exige trabajo y esfuerzo. Lenguaje que, en los tiempos que corren, no forma parte del vocabulario dominante. Y, sin embargo, es necesario saberlo desde el principio. Ahora que ya lo has aprendido, ¿estás a tiempo todavía de rectificar el rumbo y ver tu relación de pareja de un modo diferente?

Aunque puedas molestarte, es necesario hablarte claro: es muy  posible que tu relación ya no tenga solución. Por superficialidad, por irresponsabilidad ante lo que has llevado en tus manos, por comodidad, por egoísmo, te has comportado en la relación de pareja dejando que las cosas rueden sin más, dejando que la vida vaya pasando y sucediendo sin más.  Ahora no te extrañes. Lo que te ocurre lo has propiciado tú mismo/a. Tu vida en común, tu relación de pareja se ha enfriado, se ha secado, se ha agostado y morirá, si ya no está muerta. ¿Estás todavía a tiempo de cambiar el rumbo? ¿Quizás has aprendido demasiado tarde y con gran sufrimiento que el esfuerzo y la dedicación a la relación es absolutamente necesario? ¡Tú mismo/a!

Actualizado: 14 de marzo de 2022 , ,

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