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Excluidos en su tierra

En una calle peatonal del centro de Burdeos, por la que únicamente se permite la circulación del tranvía, está Mollat, la librería más grande de la ciudad. Abarca más de la mitad de la manzana, conectando varios bajos a través de una red de pasillos que ocupan los patios interiores. Mollat es tan grande que a buen seguro ofrece casi todo lo que un lector pueda buscar en francés. Hace unas semanas, aprovechando que ahora hay una buena oferta de vuelos directos a la ciudad del Garona, me perdí entre las estanterías de esta librería envidiable, sin saber muy bien qué buscaba.

Mollat, como ocurre con todas las librerías dignas de este nombre, tiene una amplia representación de autores en castellano, porque la literatura en nuestra lengua es muy rica y popular. Allí está la mayor parte de la producción de los consagrados, desde Vargas Llosa a García Márquez, de Cela a Borges. También está la producción de otros autores no tan famosos, cuyas fortunas oscilan con el momento histórico, conocidos pero que no tienen el Nobel, el Cervantes o que no suenan para alguno de esos premios. Dada la tremenda amplitud de la oferta de la librería, en la que tiene presencia casi todo lo que literariamente vale la pena en el mundo, no es fácil que haya más de uno o de dos libros de estos autores.

Repasando las estanterías de ficción de autores hispanohablantes, al llegar a la letra L me encontré con un autor mallorquín, contemporáneo, del que hay una amplia representación de lo mejor de su producción. Y no sólo está en esta estantería, sino que algún otro libro aparece en 'novedades' o en 'relatos de Burdeos': José Carlos Llop. En proporción a su edad y producción, en relación a los reconocimientos que ha recibido, Llop es probablemente el autor en lengua extranjera al que Mollat le dedica más espacio en sus estanterías. Es absolutamente increíble que haya media docena de títulos diferentes cuando la mayor parte de sus colegas, excepto los indiscutibles, apenas tienen uno o dos títulos en las preciadas y escasas estanterías.

Mollat no es una ONG; Mollat asigna el espacio estrictamente a partir de las ventas, del potencial futuro del autor

Por supuesto, Mollat no es una ONG; Mollat asigna el espacio estrictamente a partir de las ventas, del potencial futuro del autor, del prestigio que el lector atribuye a una firma. Lo cual significa que nuestro José Carlos Llop debe ser considerado una figura en el mundo literario de Francia. Es cierto que Llop siempre se ha declarado francófilo y es cierto que varias de sus obras transcurren en ese país, incluso en la propia ciudad de Burdeos, a la que el autor profesa un cariño y admiración especiales. Pero, no obstante, Mollat es un negocio que se rige por los principios del mercado: tanto vales, tanto espacio te dedico.

Comprobar el reconocimiento que Francia otorga a Llop es revelador, lo cual se torna en escandaloso si pensamos que aquí, en su tierra, es ignorado sistemáticamente. Llop no parece contar para nosotros, es como si no existiera. Claro que tiene sus lectores, pero si en Burdeos hay media docena de sus libros a la venta, aquí deberíamos tener toda una estantería dedicada a su obra en cada librería; debería estar en los centros de enseñanza; deberíamos haberle hecho mil reportajes en la televisión y la prensa. Llop debería ser un personaje popular, especialmente si lo comparamos con la tropa de autores mediocres a los que el poder político y cultural de Mallorca admira, valora y promociona.

Aquí no va de arte, ni de capacidades, ni de potencial, aquí va de catalán sí, catalán no. Si lo primero, entonces se existe; si lo segundo, proscrito, incluso siendo un escritor

No nos engañemos ni un instante, lo que le ocurre a Llop tiene una causa inequívoca: Llop escribe en castellano, y eso en nuestros círculos político-culturales es motivo de exclusión. Si usted creía que lo importante en literatura es ser capaz de construir una narrativa, de hacer que esta apasione, cautive, seduzca; que capte la esencia de la vida y la recree con arte; si lo que admiramos de un escritor es su poder para hablarnos, contarnos, cambiarnos, iluminarnos, emocionarnos, Llop debería estar en primera línea. Quizás a la par que otros, no muchos desde luego. Pero no. Aquí no va de eso. Aquí no va de arte, ni de capacidades, ni de potencial, aquí va de catalán sí, catalán no. Si lo primero, entonces se existe; si lo segundo, proscrito, incluso siendo un escritor.

El anuncio de que el Teatro Principal de Palma va a erradicar de su cartel todo aquello que no sea en catalán --entre ellos al propio Llop-- nos remite a la mentalidad mezquina que se ha impuesto en nuestra sociedad: la calidad puede existir, pero únicamente si es en una lengua. Todo lo demás no es nuestro, no es de aquí, no merece nuestro esfuerzo. Si es penoso que nos sustraigan el mundo que está más allá de la Dragonera, más vergonzoso aún  es que entre nosotros se excluya a quienes crean pero con una lengua que no es la bien vista. Que encima quienes excluyen se llamen integradores, no deja de ser irónico.

 

Actualizado: 14 de marzo de 2022 , ,

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