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¿Eres iusnaturalista y no lo sabes?

El ser humano, por definición -y por los límites de su capacidad de comprensión- tiene tendencia al iusnaturalismo. Este, que se definiría como la doctrina ética y jurídica que postula la existencia de derechos fundamentados o determinados en la naturaleza humana. Propugna la existencia de un conjunto de derechos universales, anteriores, superiores e independientes al derecho escrito, al derecho positivo y al derecho consuetudinario.

En síntesis, el iusnaturalismo es lo que ejercemos cuando, al ser preguntados por el motivo de algún acto o afirmación, respondemos: “¡Porque esto es así!”.

Antiguamente, en la inmensa mayoría de países, el poder era ejercido por un monarca, emperador o sucedáneo, siendo que era el quien promulgaba leyes, mandaba ejecutarlas y en su nombre era enjuiciada su desobediencia, todo ello -como no-, por la gracia de Dios o mandato divino. Iusnaturalismo. Esto es así porque Dios lo dispone.

Con el tiempo, esta concepción ha ido evolucionando de forma irregular en todo el globo. Sigue habiendo países donde si preguntamos el porqué de las cosas acabaremos topando antes o después con Dios -al que no se le puede rechistar, claro-, y los hay otros muchos donde la divinidad ha sido sustituida por algo también invisible en muchos casos: los derechos humanos. Es un avance, o solo otra forma de pensar, dependerá de quién lo mire.

No obstante, en los últimos años, se observa una nueva evolución del iusnaturalismo: la -en parte- regresión de la identidad colectiva occidental lleva aparejo un reforzamiento del YO. Las personas cada vez se cuestionan menos, espoleadas por la doctrina del “todo es mental, tú puedes con todo, no tienes que demostrar nada a nadie, la verdad está dentro de ti” -patética tergiversación del gnosticismo-. Nos cuestionamos tan poco que nos hemos saltado a Dios y los Derechos Humanos y hemos acabado por ponernos a nosotros mismos -o al medio de comunicación de turno, cuenta de Twitter o Influencer, indirectamente- en su lugar. Creemos que tenemos la verdad absoluta, que lo comprendemos todo, que nuestra opinión es ley.

No quiero dejar de remarcar lo jurídico del problema: sin ton ni son el YO puede oponerse al OTRO, puesto que él está errado y yo tengo la razón. Ya no escuchamos, poca gente debate ideas, todos debatimos al alter -pese a que este sea exactamente igual de humano que tu-.

La simplificación de los procesos, en especial los de adquisición de información, ha provocado un empobrecimiento del contenido, una tendencia a las ideas ripiosas, carentes de base más allá del: “porque lo digo yo”. Solo faltaría añadir: ¡Ego Sum Lux Mundi!

Esta tendencia expuesta dista mucho de ser inofensiva. La creencia de que sin habernos esforzado en saber y conocer se puede lanzar una opinión válida sobre un tema delicado y es más, actuar en nuestra vida diaria basándonos en esa opinión, es una afrenta al desarrollo de la civilización que, en situaciones como la presente, puede llegar a poner en riesgo la vida de los demás (¿cuánta gente habrá muerto porque alguien que no creía en las mascarillas o las vacunas le estornudó al lado?).

No debemos subestimar el poder de millones de personas con defectos de raciocinio, pese a que no tengan culpa alguna de ello. Debemos proteger de nosotros mismos a este pequeño planeta y a sus imperfectos habitantes, los seres humanos.

Actualizado: 14 de marzo de 2022 ,

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